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Mi verano en el pueblo, un lugar perfecto llamado Obón

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Sí, lo sé, el verano acabó ya hace algunos días, y el agosto nos pilla aún más lejos. Cuando me levanto por las mañanas entra una brisa fresca que, sinceramente, se agradece, todo hay que decirlo. Y puedo salir a la calle a pleno mediodía sin miedo a acabar sudando como un pollo (¿por qué cómo un pollo? Bien, da igual. Seguimos.). La verdad, el otoño tiene su encanto, sobre todo cuando un estallido de naranjas, amarillos, rojos y marrones invade los parques y bosques. Sí, el otoño me gusta, y mucho.

Pero estos días estoy nostálgica pensando en el verano, mi verano en el pueblo, en Obón. Este año he podido estar tres semanas en él y no sólo durante la semana de fiestas, como en los últimos años. Durante esa semana el pueblo enloquece, las famílias casi ni se ven (aunque vivan en la misma casa), cada uno lleva su ritmo, un ritmo frenético, y aunque estés agotado sacas fuerzas de donde sea para no perderte ni una actividad, para darlo todo y exprimir cada momento al máximo. ¡Ai esas fiestas de pueblo! Los que tengáis pueblo me entenderéis.

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Pero como os comentaba, este verano he estado en Obón más tiempo del habitual, y he podido disfrutar cómo hacía años que no lo hacía. Viviendo la vida ermitaña (como decimos mis amigas y yo), viendo como las horas pasan lentas, saboreando cada momento, disfrutando de la calma, del paisaje, de los olores, de hacer excursiones y pasear por la naturaleza, y ver buitres volar muy bajo, y, si tienes suerte, ver también alguna cabra por el monte. Disfrutando de mi abuela, que ya está un poco chocha, de mi sobrino, de mi familia, de mis amigos. Disfrutando. Disfrutando de la paz que se respira en el pueblo. Y he DESCONECTADO. Sí, en mayúsculas. ¡Qué gustazo!

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Cualquiera que me conozca, o conozca a un obonero, sabrá que nuestra relación con este pueblo es especial, algo que no se puede explicar con palabras, un amor incondicional por él, un sentimiento que solo conoce y entiende el que ha pasado unos días allí conviviendo con nosotros.

Ese momento de preparar las maletas y subirte al coche, hasta que una carretera (por suerte con menos curvas que las que teníamos que aguantar cuando éramos pequeños) tiene su fin en Obón. La primera vez que, después de tantos meses, volvemos a ver esas vistas, ese paisaje, ese pequeño pueblo perdido en la provincia de Teruel, con su muro, su río Martín, el ayuntamiento, la plaza, las eras… Y bajas del coche y el olor a campo te invade, el olor a naturaleza, a romero y tomillo, también el rico olor que sale de las casas cuando se acerca la hora de comer. En definitiva, el olor a pueblo.

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Obón es un pueblo pequeño, muy pequeño. Durante el invierno no sé cuántas personas deben vivir en él pero casi las podríamos contar con los dedos de las dos manos (o unos pocos más, va), pero durante el verano la población se multiplica, se triplica, se cuadriplica y las casas, vacías todo el año, se llenan de gente, la plaza está a abarrotar, todo el mundo está contento, nos abrazamos efusivamente después de tiempo sin vernos.

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Los niños corren por las calles, con sus rodillas peladas y un trozo de torta en la mano. Por las mañanas los abuelos van y vienen del huerto, donde cultivan unos tomates riquísimos y manzanicas verdes y otras verduras y hortalizas. Y por las tardes se sientan en una mesa del bar y enlazan una partida de guiñote con otra y otra y otra.

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Las abuelas sacan sus sillas a la calle y se entretienen hablando entre ellas de sus cosas, comentando que qué alegría, que ya han llegado los nietos, o que qué lástima, que este año no han podido venir porque trabajan, trabajan mucho. Y esas abuelicas, que toman el fresco en la calle, paran a todo aquel que pase por delante suyo. “Ui rediós! Pero si eres la Fulanita, la nieta del aguacil, que hermosa estás” (que no te engañen, eso es que te has engordado), “¿Acabáis de llegar? ¿Y dónde has dejado al chico? ¿Por casa todos bien? ¿Y la faena bien?”. Tú las saludas amablemente, aunque, si soy sincera, algunas veces no sé quiénes son. Pero eso no importa, seguro que son familia, porque en Obón todos somos familia.

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Por fin llegas a casa. Subes las escaleras, esas escaleras a veces un poco torcidas que no ayudan cuando vas cargada como una mula. ¡Ai esas casas de pueblo!, mal hechas pero con tanto encanto, llenas de recuerdos, de historias, ¡de vida!

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Abres la ventana y escuchas a las golondrinas cantar, volando muy cerca, entrando y saliendo de sus nidos o posadas la una al lado de la otra en los tejados o los cables de la luz.

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Y eres feliz, porque sabes que te esperan tres semanas maravillosas en el que para tí es el lugar más perfecto del mundo.

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Os dejo con algunas fotos más que hice este verano. Espero que os gusten.

 

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Se me acabaron las vacaciones… Ahora toca volver a ponerse en marcha y seguir trabajando duro, aunque durante unos días sé que no podré quitarme esta imagen de la cabeza. Es Obón (Teruel), mi pueblo en el que he pasado estos días maravillosos. ¿A que es bonito?

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